El ultranacionalista Presidente de Brasil: Jair Bolsonaro

Con el 55,14% de los votos, el candidato ultranacionalista del Partido Social Liberal (PSL) logró superar el 44,86% de su contendor, el izquierdista Fernando Haddad (Partido de los Trabajadores, PT), en la segunda vuelta presidencial que se llevó a cabo este domingo. Unos comicios marcados por la alta polarización y los hechos de violencia política ocurridos durante la campaña.
Su segundo nombre es «Messias» y, pese a la preocupación de sus detractores, quienes lo siguen lo ven como un salvador para un Brasil sacudido por la depresión. Jair Bolsonaro o «Mito», como le dicen, hoy es el nuevo presidente electo del país
menudo apodado «el Donald Trump brasileño», por su desbordada retórica y su afinidad con el Presidente estadounidense, Bolsonaro logró consagrar en las urnas el ascenso meteórico en popularidad que le proyectaban las encuestas y convertirse, así, en la voz de millones de brasileños cansados de lacrisis económica, la violencia y la profunda corrupción arraigada en la política del gigante latinoamericano.
Sin embargo, la mirada de este ex capitán de 63 años, nostálgico declarado de la dictadura militar, evidentemente racista y abiertamente homofóbico, también ha generado un sentimiento de inseguridad y temor en varios sectores de la población, alarmados por sus rasgos autoritarios.
Nacido en una familia de origen italiano en Campinas, cerca de Sao Paulo, este antiguo paracaidista forjó su carrera principalmente en Río de Janeiro, donde fue elegido concejal en 1988 y obtuvo su primera banca como diputado federal dos años después. Pero pese a que se quedó 27 años en el cargo, Bolsonaro fue, en gran medida, un legislador irrelevante. Durante sus 27 años en el Parlamento solo logró sacar adelante dos leyes y, aunque pasó por nueve partidos distintos, nunca adquirió especial notoriedad en ninguno de ellos.
Lo que sí tuvo fueron muchas controversias, siempre defendiendo posiciones radicales. El historial de sus excesos es largo, ya sea por insultar a sus rivales políticos o por hacer apología del régimen militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. En 2003, en plena sesión, le dijo a la diputada del Partido de los Trabajadores (PT), Maria do Rosário, que «no merecía ni ser violada» por ser demasiado «fea» y en 2008 aseguró que «el error de la dictadura fue torturar y no matar».
Tres años después aseguró que «sería incapaz de amar a un hijo homosexual», que prefería que muriera, y una vez sostuvo que su hija había surgido debido a un momento de «debilidad» de sus capacidades.
Ya en 2016 dijo que no está de acuerdo con igualar sueldos entre mujeres y hombres, y en el debate del proceso de destitución de la entonces Presidenta Dilma Rousseff, Bolsonaro, que se inclinó por el «impeachment», dedicó su voto al militar responsable de las torturas de las que fue víctima Rousseff durante la dictadura.
Su tendencia por los regímenes militares llegó, incluso, a traspasarla a otros dictadores de la región. Por ejemplo, al chileno Augusto Pinochet: en 1998, Bolsonaro – entonces un diputado sin peso político en Brasil – aseguró que Pinochet «debería haber matado más gente» y, según el diario Estadao de Sao Paulo, en 2006 envió un telegrama con condolencias por su muerte y halagándolo.
SU METEÓRICO ASCENSO AL PALACIO DE PLANALTO
Así, el político ultranacionalista se hizo más conocido por su discurso incendiario que por su labor legislativa. Sin embargo, su discurso «antisistema» encontró respaldo en diversas camadas sociales, por lo que se postuló por el hasta entonces pequeño PSL, al que adhirió este año.
Aunque sus inicios fueron débiles, en octubre de 2017 mostró los primeros ápices de ascenso posicionándose en segundo lugar con un 13% de las intenciones de voto, detrás del ex Presidente Luiz Inácio Lula da Silva que obtenía alrededor de un 35%.
Sin un programa definido, pero con un discurso que prometía erradicar la violencia de las calles y eliminar la corrupción de raíz, Bolsonaro comenzó a ganarse a una ciudadanía marcada por los casos de sobornos destapados por la operación Lava Jato, que salpicaban principalmente al PT de Lula. De hecho, uno de los factores que le dieron más crédito al derechista es que nunca se vio involucrado en ninguno de los casos de corrupción.
Su faceta de «hombre limpio» le comenzó a entregar retribuciones, pero el carismático ex Presidente petista no le daba chances. Ello, hasta que en abril de 2018 Lula ingresó a la cárcel para comenzar a cumplir su condena de 12 años de presidio por corrupción pasiva y lavado de activos. La caída de la candidatura del ex Mandatario era inminente y cuando finalmente llegó, su heredero Haddad no logró cosechar a sus adherentes.
Bolsonaro supo aprovecharlo con una provocación permanente a sus críticos a través de redes sociales y sin participar de ni un solo debate. Sus medidas radicales para luchar contra la criminalidad, que incluyen validar las ejecuciones extrajudiciales por parte de la policía, le valieron diversas críticas internacionales, pero también muchos votos.
Durante la campaña popularizó el gesto de imitar un fusil con ambas manos, convertido en la marca de su candidatura por sus simpatizantes. Pese a que él mismo fue apuñalado de gravedad en un acto proselitista el 6 de septiembre, se mostró feliz haciendo el mismo gesto desde su cama en el hospital.
Venció a las protestas en su contra, como la campaña «El No» y también las reticencias de los mercados, mostrándose partidario de las privatizaciones y medidas de austeridad para sanear las cuentas públicas. Su último golpe maestro fue acercarse al centro; conquistar a la poderosa bancada del agronegocio en el Congreso, y a líderes de iglesias evangélicas, pese a que profesa la religión católica.
Dándose como ganador antes de los comicios, telefoneó a otros presidentes de la región, como el argentino Mauricio Macri y el paraguayo Mario Abdo Benítez. También tuvo un intercambio de buenas palabras con el Mandatario chileno Sebastián Piñera y recibió en su propia casa a miembros de la UDI y a José Antonio Kast, ex candidato presidencial.

El 7 de octubre estuvo a punto de obtener la victoria en la primera vuelta con 46% de los votos, logrando la segunda mayor representación en la Cámara de Diputados. Y este domingo se adjudicó, por al menos cuatro años, el sillón más importante del Palacio de Planalto.